La vida es Sagrada

Íngrid Betancourt in Pisa, Italia 2008
Íngrid Betancourt in Pisa, Italia 2008 (Photo credit: Wikipedia)

 

El último libro de Ingrid Betancourt “No Hay Silencio Que No Termine”  relata la trágica experiencia que tuvo que vivir la ex-política por más de seis años de cautiverio en las selvas colombianas a manos de los guerrilleros de las FARC. Yo ya conocía desde antes la gran habilidad de Ingrid para expresarse escribiendo al publicar su libro “La Rabia en el Corazón“, gracias al cual me hice seguidor de su manera diferente de hacer política. Cuando me enteré de su secuestro en febrero de 2002, el dolor que sentí fue difícil de contener, pues personas como Ingrid, son las que hacen que en países como Colombia se cobre consciencia de quién se es y del significado de la palabra dignidad.

Este es un libro demasiado triste, sin duda. Pero también depende como se le quiera entender. A lo largo del relato, el hilo conductor atrapa al lector sin soltarlo de la mano de una prosa clara y bien definida; sin embargo, es inevitable darse cuenta que el afán de Ingrid por agrupar todos sus recuerdos dentro de un sólo libro requirió de un esfuerzo gigantesco que muchas veces terminaba perdiéndose en los detalles. En conjunto, y a mi modo de ver, el libro habla sobre cómo logró sobrevivir a una vida que le reveló el lado más oscuro de la naturaleza humana.

El escenario protagonista de la historia es la selva colombiana, y los personajes son los secuestrados y guerrilleros con lo que Ingrid tuvo que “convivir” y aprender a no morir ya fuera de dolor, espanto, rabia u odio. Unos seres que tuvieron que aprender a sortear todo tipo de trampas psicológicas burlando constantemente al destino y procurando engañar a la suerte. Fue la puesta a prueba del poder del cuerpo y el espíritu humano, de su abatimiento inagotable.

La historia, que podría llegar a parecer sacada de la ficción, es tan real como sus protagonistas y sus hechos. Se debieron tejer innumerables relaciones y momentos que muy fácil podían haber quedado en el olvido o en el recuerdo, pero con este libro lo que Ingrid hace es demostrarle al mundo de qué está hecha:

“No quería salir de la selva como una vieja mustia, carcomida por la amargura y el odio. Debía cambiar, no para adaptarme, pues eso me habría parecido una traición, sino para ponerme por encima de este lodo espeso de mezquindades y bajezas en el que terminamos chapotenado”

No debe ser fácil tener que vivir una experiencia de ese tipo, sintiendo una amenaza permanente a sus espaldas como una víctima que ya no posee facultades propias a la que se le ha privado cualquier posibilidad de decidir qué hacer con su propia vida. No debe ser difícil perder la cordura sin tener la capacidad de abstraerse a sí mismo:

“En efecto, sin libertad la conciencia de sí mismo se degradaba hasta el punto de no saber quiénes éramos. Pero allí, tendida admirando el grandioso despliegue de las constelaciones, sentí una lucidez que surge con la libertad tan duramente reconquistada”

“Nuestras vidas no eran más que corchos cabeceando en los océanos del odio”

“Éramos como lombrices retorciéndose unas encima de otras dentro de una caja de fósforos”.

En perspectiva, el libro te hace valorar cada pequeño detalle de la vida diaria que damos por sentado y como si fuese permanente. El no tener puertas, abrigo, comida decente, la posibilidad de comunicarte abiértamente, y bajo el peso absurdo de tener que pedir permiso para cumplir con las necesidades biológicas en un ambiente de odio y falsedad puede generar todo tipo de sentimientos, desde los más bajos, hasta los más nobles.

Mi impresión, es que Ingrid Betancourt, es una mujer con honor, valerosa, estratega, llena de fe, capaz de enfrentar, responder, e idear de muchas maneras la forma de recuperar su libertad.

También es un libro con cierto sentido del humor, ese que habla de lo absurdo de perder la esperanza y no ver la vida como un ejercicio en el que cada jugada es importante y requiere verse desde todos los ángulos posibles:

“Me dieron permiso de construir unas barras paralelas para hacer gimnasia: quieren que esté en buena forma para caminar mejor, pensé. Abrían el candado que me ataba al árbol, pero me dejaban la cadena. Me la enrrollaba al cuello para treparme a las barras. Hacía piruetas frente a los guardias, que me miraban divertidos. Me caeré, la cadena se enredará en la barra y moriré estrangulada, me entretenía pensando”.

Su cautiverio se basó en ir de un campamento al siguiente en una maniobra de la guerrilla por escabullírsele al ejército en condiciones infrahumanas. La ideología criminal y el estado precario de la organización guerrillera son revelados ante la insuficiencia por manterse como lo que supuestamente defienden: revolución; cuando la realidad muestra es el sentimiento de la miseria humana vistiendo botas de caucho y tersiando fusiles que les sirven para apoyarse como bastón.

La capacidad de la narradora de entablar relación con sus captores la llevó a compartir con ellos clases de idiomas y hasta las pesadillas compartidas del infierno. ¿Fugas frustradas? Muchas. Debió vivir una experiencia traumática con la Malaria. Y contrario a lo que el común de la gente dice y se habla sobre su secuestro, no es que Ingrid fuera problemática en la selva, simplemente ella no se resignaba a perder su dignidad como ser humano.

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