La narrativa de los colombianos

Es el 2018 y muchos sectores del país se sienten viviendo aun en el siglo pasado. La espasmódica suma de episodios violentos de los últimos 60 años convirtieron al país en referente global en materia de terrorismo, inseguridad, violencia. Lo que a los colombianos más nos duele de todo este proceso de derramamiento de sangre y pérdidas es no tanto la mala imagen sino la indiferencia y el silencio.

Indiferencia porque el proceso de reconocer quiénes somos como país en lo profundo de nuestros valores y cultura implica enfrentarnos de frente con una realidad con la que la mayoría no se siente identificado pero que asfixia por donde se le mire, hasta el punto de definir nuestra identidad desde la indiferencia. Pensar que las miles de masacres y que la guerra interna más profunda vivida durante décadas solo fue la desgracia de unos pocos es desconocer que quienes la sufrieron son parte de nuestra comunidad, son nuestros ciudadanos, también son colombianos. Gente que huyó de sus tierras dejando todo detrás por salvar sus vidas y que llegaron a las grandes ciudades buscando una mano de solidaridad que en su mayoría nunca apareció. La gran mayoría encontró la indiferencia.

Esos desplazados del conflicto interno que por décadas han poblado las ciudades y que estaban acostumbrados a labrar la tierra se han mantenido al margen de una realidad dolorosa en la que no se sabe que duele más, si la falta de oportunidades o la indiferencia ante la historia de sus vidas.

En el país estamos creando una narrativa desde la época del Frente Nacional que se preocupa por nivelar los intereses opuestos y busca encontrar puntos medios de convergencia para enfrentar las dinámicas de guerra y violencia. Los partidos políticos hoy saben con mejor claridad que antes cuándo conviene trabajar en conjunto por fines comunes. Pero aunque hay avances la importancia del Estado se nota más sobre la política que sobre el reconocimiento a nuestra historia y valores culturales.

El actual gobierno tiene intenciones de cambiar esto pero lo único que permite reconocer el trabajo son los resultados. Sin resultados que se puedan medir no hay esfuerzo que valga. Y es importante saber en medio de todo por qué en el país existe tanta gente que desprecia la paz. Es un proceso histórico que está mal entendido, porque mi punto de vista es que el proceso de paz lo que hizo fue adelantarse a algo que seguramente podría haber sido ser peor, y eso es, mantener un estado de guerra indefinido, con gastos excesivos en materia económica, social, política. Porque la guerra siempre fue tema número uno en las agendas de los candidatos presidenciales, hasta las últimas elecciones.

Lo que hay que preguntarse hoy en día es si el colombiano está respetando su historia por encima de los intereses políticos y económicos que son los que siempre están adelante de todo lo demás. Si el colombiano respetara su historia aprendería que existen recursos más importantes para el progreso del país como son los valores que se transmiten al contar las historias que nos están permitiendo cambiar el rumbo del país.

Tenemos que centrarnos más en ver cuáles son las lecciones que estamos aprendiendo en estos 60 años de violencia, porque llevan 10 años diciendo que son 50 años, cuando en realidad son 60 años. Luego de aprender las lecciones lo que viene es entender los retos que se avecinan, construir las bases de una nación próspera y poder darle un país mejor a nuestros hijos.

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